30 noviembre, 2021
ROTATIVO DIGITAL

La magia de lo auténtico es un valor a preservar

Daniel Márquez Melgoza      ARTICULISTA

 

23 OCT. 2021.-En mi futuro inmediato está la publicación del libro Pátzcuaro: se vende esta ciudad como terreno. Recopilación de artículos publicados en La Jornada Michoacán, medio desaparecido en diciembre de 2015. Lo que tiene atorada la edición es la burocracia alrededor de los registros de Derecho de autor y del ISBN, que de por sí son farragosos, y está siendo peor en tiempos del covid19.

Andando en eso, me entero de que el secretario federal de Turismo, Miguel Ángel Torruco, en la visita del presidente Andrés Manuel López Obrador, el 9 de octubre a Michoacán, mencionó un programa para aplicar en los Pueblos Mágicos de la entidad en apoyo a la actividad turística, deprimida por la acción de la pandemia de todos conocida a nivel mundial. Michoacán tiene nueve Pueblos Mágicos. Dicho programa ya se viene aplicando en otras entidades del país, dijo.

Al parecer es cosa de unos pocos meses para que llegue dicho programa a Michoacán y se aplique en Pátzcuaro y en los otros ocho pueblos mágicos. Es de esperar que tal programa no incurra en lo que ya sucedió en Pátzcuaro con otro programa concebido desde algún escritorio central, hace 17 años.

Por lo que mencionó el titular de la SECTUR, el programa consiste en pintar murales  y fachadas en cada uno de los pueblos mágicos, utilizando pintura equivalente a 12 mil metros cuadrados. Ello me hace pensar, y sobre todo temer, que se pueda estar tratando de pintar escenografías sobre la magia de lo auténtico de cada uno de los pueblos mágicos. Tengo ganas de estar equivocado. Ésta es una invitación a ser cautos con los proyectos que no surgen de iniciativas locales, por lo mismo diferenciadas y diversas, por actores reconocibles, sino desde el anonimato en oficinas centrales.

Como advertencia de lo que ya sucedió en términos parecidos, comparto con los lectores el artículo que forma parte de Pátzcuaro: se vende esta ciudad como terreno, de próxima aparición.

Sobre guardapolvos, estética y democracia

Daniel Márquez Melgoza

La Jornada Michoacán, 18 de junio de 2004

 

Más o menos un mes antes de la Semana Santa pasada, un ejército de pintores de brocha gorda tomó por asalto el Centro Histórico de la ciudad de Pátzcuaro, en una espectacular operación-pintura para embellecerlo a los ojos de los turistas que vendrían en esa temporada alta. En sí misma, la acción implicaba toda una escenografía con andamios metálicos de todos tamaños y hombres encaramados en ellos, que a la distancia parecían grupos de pájaros en reposo. Esta acción levantó un gran número de voces críticas, tanto contra el espíritu que animó este proyecto, como contra los resultados finales que sobre la marcha se iban viendo.

En esta colaboración hago eco a esas voces; con ella intento demostrar que la democracia, aparte de servir para la toma de decisión en las urnas sobre a qué partido y candidato le damos nuestro voto, también podría servir para actos tan sencillos como tener la libertad de decidir cómo y con qué pintar la fachada de nuestra casa. Aunque parezca poco creíble, esta decisión republicana no la pudieron tomar decenas de vecinos propietarios de casas en el Centro Histórico de Pátzcuaro, porque otros la habían tomado por ellos desde un programa de apoyo a esta ciudad turística. Los propietarios de las casas “tomadas” por el ejército de pintores no tuvieron voz ni voto; a lo más que tuvieron derecho fue a plantarse enfrente de su casa y ver (muy calladitos unos, otros pataleando) cómo avanzaba la operación-pintura, sin que les costara un centavo. Dicen que a caballo regalado no se le mira el diente, pero resulta que el caballo regalado a Pátzcuaro tenía graves y muy visibles problemas de dentadura: por un lado, un ostentoso paternalismo del más antiguo cuño, enemigo de cualquier intento de contribuir a crear ciudadanía útil al desarrollo local; y por otro, un centralismo trasnochado, nada ilustrado, por cierto, con el cual se cometieron errores de apreciación de una vieja tradición de la arquitectura vernácula de la región.

Hay quien piensa que lo regular y uniforme es más bello y agradable a la vista que lo irregular y diverso. No sé cuál sea la estética que prefiera el amigo lector, pero tratándose de urbanismo y arquitectura, en lo personal me inclino por la estética de lo irregular y diverso, que me parece más imaginativa, más creadora, más estimulante y viva. Por eso el encanto especial de Pátzcuaro, que peca a cada vuelta de esquina contra los cánones de la geometría cuadrada o cuadriculada, repetitiva hasta el aburrimiento. Nada más alejado de esa geometría que los muros, los tejados, los aleros, las calles, los callejones, las plazas, los portales, los jardines de Pátzcuaro. Aun en la simpleza arquitectónica, en el uso común de los mismos materiales constructivos, cada casa del Centro Histórico de esta ciudad tiene su peculiaridad que la hace distinta de las demás, de su contexto inmediato y del conjunto entero, con el cual su valor se incrementa.

Si la característica de Pátzcuaro es su ser diverso, nada uniforme y repetido, ¿por qué desde Morelia se dictó una orden para imponerle uniformidad y darle un aspecto de falsa escenografía? ¿Cuál es la teoría estética que alimenta esa política centralista? Pero si no hay de otra y tenemos que padecer centralismo, al menos en la periferia se quisiera un centralismo ilustrado: del centro político se quisieran recibir disposiciones y decisiones sabias, producto del estudio y la reflexión, que orienten y enriquezcan la vida cultural y artística del interior de la entidad.

Todo lo anterior para hacer ver el error garrafal que se cometió al ordenar que los guardapolvos de casas y edificios del Centro Histórico se pintaran indiscriminadamente a la misma altura, un metro setenta centímetros, sin tomar en cuenta que cada construcción, cada casa, tiene muros de distinta altura, y que el guardapolvo debe ser proporcional a ella, tal y como ya estaban pintados por cientos de años de usos y costumbres. Por ello es patético el espectáculo de uniformidad sobre lo diverso: largas franjas oscuras, invariables en su altura, dominando ambos lados de larguísimas calles; en algunos casos el espectáculo da para risa, pues es el equivalente a ver a un caballero con el pantalón fajado a la altura de las tetillas o más arriba, en lugar de la cintura.

Otro error que asalta y ofende el sentido común es el tratamiento que se le dio al guardapolvo en construcciones en desnivel, el cual pintaron inclinado cuando debiera ser horizontal, como horizontal es el nivel de los cimientos. Al decir de quienes saben de arquitectura vernácula, los cimientos son la razón de ser del guardapolvo, pues en realidad lo que se busca es evitarles humedad, la que deja la lluvia que los salpica y ensucia; por ello los cimientos se aplanan con mortero o cemento y se pintan de color oscuro (generalmente rojo ladrillo). Siendo que su razón de ser está ligada con los cimientos, el guardapolvo no debe ser una franja demasiado alta, aunque con el tiempo fue ganando en altura. Sin embargo, ésta siempre debe tener por límite al menos quince o veinte centímetros abajo de las ventanas, con el objeto de que éstas luzcan sus marcos de cantera y herrajes, sin líneas ajenas que las corten y les resten belleza.

Los vanos de piedra de puertas y ventanas son el lujo que se pueden dar las casas de adobe, a decir del muy conocedor don Enrique Luft, y por tanto hay que hacerlas lucir. En esta operación-pintura no se respetó dicha regla de oro. Algo muy cierto es que toda obra pública generalmente deja escuela; hay personas que ven en ellas un ejemplo, un modelo a seguir, a repetir, dando por implícito que el gobierno sabe lo que hace y lo hace bien. Por desgracia, a veces desde el gobierno se hacen mal las cosas, se cometen errores, y en esos hechos no son el mejor ejemplo. Es el caso de lo que se hizo en el Centro Histórico de Pátzcuaro, que para fortuna de todos no son errores irreversibles: sólo es cuestión de más pintura y mano de obra (que ya podrían poner los vecinos), y de olvidarse de repetir acciones paternalistas que no forman ciudadanos para la democracia.

 

(FOTO CORTESIA DE    PATZCUARO.COM)