25 febrero, 2024
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La construcción de ciudadanía

Al parecer es una moda hablar de participación ciudadana y democracia. El problema no está en el discurso, sino en la voluntad de aplicarla en la realidad, en el compromiso social de promover e impulsar los espacios para incidir en la comunidad a la que pertenecemos y que nos sentimos a la vez extraños.

Es como si buscáramos un eslabón perdido para poder construir juntos el desarrollo ansiado en un contexto democrático.

Consideramos importante subrayar que ciudadanía, democracia y desarrollo son componentes básicos para una sociedad más justa y de bienestar colectivo. La ciudadanía podemos definirla de dos formas. La primera como la responsabilidad política de cada ciudadano fundada en el derecho de participar directa o indirectamente en la gestión de la sociedad; es decir, defiende la organización voluntaria de la vida social. La segunda forma se refiere a ella como la interacción entre los ciudadanos en tanto sujetos sociales, con las entidades gubernamentales, para el ejercicio de sus derechos, la satisfacción de sus necesidades y desarrollo de su comunidad o país en condiciones y posiciones de igualdad.

La construcción de la democracia está en relación directa con el ejercicio de la ciudadanía, las mismas que están condicionadas por el contexto económico político y sociocultural de la población. En estos procesos, la educación es uno de los elementos que determina la calidad de la ciudadanía y de relaciones democráticas, cuyas deficiencias se estructuran desde las desigualdades económicas y desde el Estado. Pero que también tienen sus potencialidades y existencia real en la base misma de la sociedad civil: Los ciudadanos y sus organizaciones.

Asumimos a la democracia como sistema de gobierno, caracterizado por un conjunto de reglas primarias y fundamentales, que establecen quién está autorizado a tomar las decisiones y mediante qué procedimientos. Un régimen es más democrático cuantas más personas participen directa o indirectamente en la toma de decisiones; es preciso que sus elecciones sean reales y transparentes; y en el cual exista respeto a los derechos fundamentales de las personas y a la diversidad, donde las mayorías y minorías sean respetadas.

Es decir, la democracia no solo debemos verla como sistema político o forma de gobierno sino como forma de vida de los sujetos sociales. Consideramos que la ciudadanía en su real sentido, implica pertenencia, identidad y derechos en relación a una determinada comunidad política.

El estado no puede renunciar a nombre del ahorro y la falta de recursos inhibirse de participar; es preciso atender las carencias de los individuos para que puedan desarrollar sus capacidades y pretender alcanzar una larga vida con dignidad, afirmando que sólo eso garantiza el ejercicio de la ciudadanía. No se puede pedir a personas en extrema pobreza que piensen en participar en acciones de desarrollo comunitario o en política, si todo su tiempo la pasa trabajando para poder sobrevivir. La situación de pobreza nos vuelve indiferentes por cuanto el interés principal es la alimentación propia y de nuestros familiares.

Si el Estado continúa este proceso de atención social, afectará enormemente los procesos de ciudadanización y de democracia. La ciudadanía emergente tiene diversas manifestaciones, predominando dos de ellas, una de carácter liberal, de las responsabilidades mayores en la sociedad civil que en el Estado, la valoración extrema del individualismo y sin tener la representatividad de todos los ciudadanos se anuncia como tal, aprovechando su posicionamiento ventajoso en la esfera pública.

Del otro lado, una ciudadanía protagónica, consciente y transformadora. Esa ciudadanía lleva implícita una ética y el firme propósito de transformar la realidad y alcanzar el bien común. Predomina en la sociedad una ciudadanía de consumo y en los programas dirigidos por el Estado la visión de cliente o beneficiario, más no de ciudadano. El estado no pone énfasis en desarrollar capacidades sino en compensar la brecha social dejada por los programas neoliberales.

En cambio, desde la sociedad civil se desarrollan importantes mecanismos de reflexión-acción que está reconstruyendo una forma transformadora de ciudadanía, que permite mayores espacios democráticos y de inclusión social, que se hace más fuerte y que a nivel local, los gobiernos locales no pueden obviar.

Asimismo los gobiernos necesitan de la participación de los ciudadanos para tener más éxito en su gestión debido a sus recursos escasos y a la deslegitimación de los partidos políticos y gobernantes. De otro lado, en un importante porcentaje de la población con menos conciencia cívica y la más pobre, existe un alto grado de vulnerabilidad al clientelismo político, vinculado fundamentalmente a la compra y coacción del voto. Existe una creciente demanda ciudadana para crear espacios para la participación en la toma decisiones en los actos de interés público y de gobierno.

No es solamente mejorar las relaciones gobierno – sociedad, sino la exigencia de compartir el poder y cogobernar con las autoridades locales elegidas. A nivel local, en las urbes, la demanda ciudadana ha crecido, siendo menor en municipios rurales, con sus excepciones participativas en algunos de ellos, en los que la participación ciudadana consciente es un proceso creciente.

De otro lado es fundamental consolidar el proceso que se da en algunos países de Latinoamérica, incluso en calidad de ley, que establece la obligatoriedad de los presupuestos participativos y de Planes de desarrollo estratégico concertado que abren canales de participación, que han abierto el debate y el interés de los ciudadanos, pero que no necesariamente ha generalizado la ciudadanización protagónica de los actores participantes, porque en muchos casos participan bajo la vigilancia del gobierno y sin autonomía para decidir sobre los procesos de elección de obra pública o lineamientos de política de los planes de desarrollo concertado.

A nivel regional esta exigencia se limita a ciertas organizaciones, porque los mecanismos aún no son muy inclusivos y elitista la participación, dada las distancias donde se toman las decisiones (capitales de región) y a donde los representantes ciudadanos deben viajar con sus propios recursos a participar, lo que no es posible para la mayoría. Y a nivel nacional, es prácticamente inexistente. No hay mecanismos abiertos realmente para los procesos participativos más allá de los foros para discutir la descentralización que se realizaron en diferentes lugares, pero que a los cuales no pudieron asistir la mayoría de ciudadanos, tanto por falta de comunicación como por indiferencia a los procesos políticos.

Finalmente, es posible a través de la ciudadanía protagónica construir una democracia que no sea una simple expresión de la herencia republicana o del liberalismo, sino una democracia en el verdadero sentido de su esencia. Que no sea un caso pendiente, tampoco sólo una idea abstracta por quien nadie se sacrifica, sino una realidad concreta, vivencial que contribuya a la realización personal y social.

Esta esperanza existe entre los ciudadanos que no quieren la vuelta del autoritarismo, el aumento de la corrupción y la falta de eficacia y eficiencia gubernamental. Así tanto a nivel nacional como local, desde la sociedad civil se promueve el ejercicio de una ciudadanía democrática, crítica y transformadora con diferentes actores: Niños, adolescentes, mujeres, obreros, campesinos, etc. Todos estos procesos que despertaron con fuerza desde hace años han continuado creciendo y constituyen una alternativa para la construcción democrática desde una ciudadanía activa, dinámica, creativa, alternativa y crítica. Es decir, protagónica.

*Presidente de Ciudadanos en Movimiento para el Desarrollo, AC