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Tacámbaro de Codallos
14 julio, 2020

ARENA SUELTA. SOBRIEDAD…

Dr. Tayde González Arias           Analista

La sobriedad, además de ser ese estado en el que no existe presencia de alcoholismo en el cuerpo, refiere a lo que no tiene adornos innecesarios, que es a la vista agradable y que presenta casi en su naturaleza un valor estético de alta valía. Es sobrio aquel o aquella cuyas características en su vestir no son llamativas ni estridentes, si no que en los colores y telas se muestra delicado, sencillo y agradable.

 

La moderación es una característica también intrínseca a la sobriedad, sobre todo si hacemos referencia a no usar más de lo que no se debe, lo que aplica lo mismo en las palabras, en las que no habremos de mencionar salvo lo que sea necesario, que en la bebida en la que no se excederá hasta encontrar el desacierto, si no antes procurar encontrarse en estado de lucidez en todos los sentidos. Ésta característica es una de las que posiblemente más se pierda, y más se  pide que llegar a pedir que se impida, pues especialmente las bebidas alcohólicas, los comerciales televisivos y otras campañas anotan y subrayan el no excederse, y sin embargo tal es el grado de la adicción y el descontrol que por muchas cuestiones, cosa tan necesaria, es perdida y abandonada por muchas y muchos.

 

Ser un hombre o mujer con temple es procurar el equilibrio, es no enfurecerse a la primera, ni desbordarse de emociones sin sentido, y justamente la sobriedad logra como resultado la templanza, evitando el exceso, abonando al acomodamiento y limitándonos a la satisfacción frente a las pasiones o los deseos. De modo que debemos mostrar ser más templados en cada momento en los que debamos tomar decisiones, o actuar, pues aquella persona que estando molesto con alguien toma una partido, es posible que lo que esté haciendo con el sujeto sea desquitarse.

 

Cada que vivimos la experiencia de ver algo que nos gusta, tiene que ver con la sobriedad, pues en la cosa, la persona, el objeto, no hay excesos sino moderación, tampoco es superfluo, es decir tiene una utilidad o más en concreto desempeña una función, así la camisa blanca del ropero será más pronto utilizada que la de color amarillo que se adquirió en la última campaña de moda. Siendo realistas no es complicado ser hombres y mujeres que cuiden no ser arrollados por el coraje de otros ni el propio, pues bien, controlada la respiración, los momentos y viviendo en la calma hemos de erigirnos con cautela y prudencia, volviéndonos sobrios.

 

En prácticamente todos los lugares en los que vivimos hay elementos, personas y cosas que pueden hacernos perder la cabeza, por ejemplo el caer en el consumo en exceso de alcohol, justificándola en un abandono, en la depresión, por sentirnos culpables de un maltrato o secuelas de la niñez y otras escenas que nos hace perdernos fácilmente en el coraje, vamos, hasta el señor que casi te atropella, o quien se cruzó la calle en un alto, la rabia o la cólera, por falta de disciplina emocional, culpamos a los demás de habernos echado a perder el día, y mandamos  a la borda la sobriedad, por lo tanto nos volvemos mujeres y hombres que le dan toda la importancia a lo accesorio, sin importarnos nada, y cedemos a todo a todas esas conductas que no debiéramos.

 

Para saber en la vida lo que es necesario y lo que no se ocupa, se requiere de madurez y es justamente  el sujeto sobrio el que identifica lo que es, y aquello que esta demás, no es tan complicado ir a al mercado y con una lista saber justo que se tiene  que adquirir, si de pronto algo se antoja o nos gusta podría hacerse una excepción, pero nunca muchas más, pues realizar este ejemplo  encamina al habito, cualidad y hasta valor de no poseer de más, no perder el tiempo optimizando minutos y conduciéndonos correctamente abrazando lo que nos es importante sin despilfarrar.

 

No es justo ni posible seguir quejándonos de todo y por todo, sin aportar, y una manera de hacerlo es sacando la billetera indiscriminadamente, pero si evitando el egoísmo, dejar de pensar sólo para uno mismo, no dejarnos arrastrar a la sociedad del consumo por el consumo, o satisfacer caprichos, pues el carácter que el mundo nos pide en todos los aspectos es aquel en el que al vagabundo se le estreche la mano y con la otra se entregue pan, al impostor se le quite la máscara y a los buenos se les haga brillar.