12 febrero, 2026
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Un mundo diseñado para la desigualdad

ALEJANDRO MARTINEZ CASTAÑEDA
10 DIC. 2025.-El Informe sobre la Desigualdad Global 2026 pone cifras a una realidad que ya se percibe en cada rincón del planeta: la desigualdad no es un error del sistema económico actual, sino su producto más consistente. En el capitalismo neoliberal —centrado en la desregulación, la acumulación ilimitada y la primacía del capital sobre el trabajo— la riqueza tiende a concentrarse de manera casi automática.
Los datos lo revelan con crudeza. El 10% más rico del mundo controla 75% de la riqueza global, mientras que el 50% más pobre apenas posee 2%. Aún más impactante: el 1% más acaudalado, un grupo tan reducido que cabe entero en un estadio de futbol, concentra 37% de toda la riqueza del planeta. Este mismo grupo es responsable de 41% de las emisiones globales, lo que muestra que la desigualdad económica se traduce también en desigualdad ambiental y de impacto climático.
Estas cifras no son fruto del azar. Son el resultado de décadas de un modelo neoliberal que ha privilegiado la liberalización financiera, los paraísos fiscales, la erosión de la progresividad tributaria y la creciente dependencia de las economías hacia la rentabilidad privada. Es un sistema donde el capital genera más capital, las grandes fortunas escapan a los impuestos y la riqueza crece más rápido en la cima que en la base. Así, la brecha se convierte en un rasgo estructural y autosostenido.
México es un reflejo claro de esta tendencia global. Aunque en los últimos años las transferencias sociales han reducido parcialmente la brecha, el país sigue entre los más desiguales del mundo: el 10% de mayores ingresos obtiene 59% del ingreso total, mientras la mitad más pobre recibe solo 8%; y en riqueza, el 1% concentra 38% del total nacional. México avanza, sí, pero dentro de un sistema mundial cuya lógica esencial sigue intacta.
El informe también advierte que la desigualdad tiene un componente político: los más ricos no solo acumulan recursos, sino poder para influir en las reglas, bloquear reformas fiscales y moldear políticas a su favor. Así, la desigualdad no solo es económica, sino institucional y democrática.
Combatir este fenómeno exige algo más que programas sociales: requiere transformar la estructura fiscal global, frenar la evasión de élites y cuestionar un modelo que, por diseño, reparte el crecimiento de manera profundamente injusta.