ALEJANDRO MARTINEZ CASTAÑEDA
30 DIC. 2025.-El debate sobre los videojuegos y los dispositivos digitales en la infancia suele centrarse en el contenido: si es violento, educativo o adictivo. Sin embargo, el daño más profundo y menos visible no siempre está en la pantalla, sino en lo que la pantalla está reemplazando: la relación con los padres, la convivencia familiar y las formas básicas de interacción social.
Cada vez con mayor frecuencia, los dispositivos electrónicos se convierten en “niñeras digitales”. No por maldad, sino por cansancio, jornadas laborales extensas o falta de acompañamiento institucional. El resultado es una infancia que aprende a regular sus emociones, a entretenerse y a relacionarse sin mediación adulta, delegando a algoritmos y plataformas una función que debería ser humana: escuchar, orientar, contener.
“Cuando un videojuego sustituye el diálogo con los padres, el niño no solo pierde tiempo de convivencia; pierde referentes afectivos, modelos de conducta y espacios de confianza. La interacción digital no enseña a leer gestos, a resolver conflictos cara a cara, a tolerar la frustración compartida ni a construir empatía real. Enseña, en cambio, a reaccionar, a consumir estímulos y a aislarse en burbujas de gratificación inmediata”, refieren especialistas.
El riesgo no es solo psicológico, sino social. Niños que crecen más conectados a dispositivos que a personas pueden desarrollar dificultades para comunicarse, para establecer vínculos sanos y para integrarse a comunidades reales. La socialización virtual, cuando no está acompañada, no sustituye el juego físico, la conversación familiar ni el aprendizaje emocional que ocurre en la convivencia cotidiana.
No se trata de culpar a la tecnología ni de idealizar el pasado. Los videojuegos y plataformas digitales pueden tener valor educativo y recreativo. El problema surge cuando ocupan el vacío que deja la ausencia adulta, cuando sustituyen el tiempo, la palabra y la presencia de madres, padres y cuidadores.
La pregunta de fondo no es cuánto tiempo pasan los niños frente a una pantalla, sino por qué. Si el dispositivo se ha convertido en el principal mediador afectivo, el problema no es tecnológico, sino social y familiar.
Proteger a la infancia implica recuperar algo esencial: el tiempo compartido, la conversación y el acompañamiento. Ninguna aplicación puede reemplazar una mirada atenta, una escucha paciente o un vínculo construido con presencia real. Cuando las pantallas ocupan ese lugar, el costo lo paga el desarrollo emocional de toda una generación.

