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Tacámbaro de Codallos
6 agosto, 2020

Manos limpias: ¿recuerdas?…

Lic. Alfredo Castañeda Flores         Analista

 

Es necesario que, en todo, aparezcas como paradigma de la corrección y la eficiencia. Tus manos nunca se ensuciarán por ilícitos o descuidos. Mantén esa apariencia impecable, utilizando a otros, como testaferros o pantallas para ocultar, cuando sea necesario, tu participación personal en hechos de ésta índole.

 

El recurso del chivo expiatorio es tan viejo como la civilización misma, y se encuentran ejemplos de ello en las culturas de todo el mundo. La idea central de estos sacrificios es la de trasladar la culpa o el pecado a una figura externa –objeto, animal o ser humano—que luego es expulsada, proscrita o destruida. Los antiguos hebreos solían tomar un chivo vivo (de ahí el término chivo expiatorio), sobre cuya cabeza el sacerdote apoyaba ambas manos mientras confesaba los pecados de los Hijos de Israel. Tras haber transferido así los pecados del pueblo al chivo, la bestia era conducida al desierto y abandonada. En el caso de los atenienses y de los aztecas, el chivo expiatorio era un ser humano, a menudo una persona criada y alimentada para ese fin. Como se creía que el hambre y la peste eran castigos que los dioses imponían a los seres humanos por sus pecados, la gente no sólo sufría por el hambre o la peste, sino también por culpa y vergüenza. Para liberarse de esa culpa, la transferían a una persona inocente, cuya muerte se destinaba a satisfacer a los poderes divinos y desterrar el mal de entre la población.

 

Es una reacción muy humana la de negarse a buscar en uno mismo la culpa de un  error o un delito y, en cambio, echársela a algo o alguien externo. Cuando la peste asolaba Tebas, Edipo buscó la causa del mal en todas partes menos en sí mismo y en su propio pecado de incesto, que había ofendido a los dioses y provocaba la peste (que tampoco fue cierto). Esta profunda necesidad de exteriorizar la culpa, de proyectarla en otra persona u objeto, tiene un poder inmenso, que el hombre sagaz sabe cómo manejar. El sacrificio es un ritual, quizás el más antiguo de todos; y un ritual también es fuente de poder. Dado que el buscar la culpa afuera en lugar de adentro es algo que nos surge con tanta naturalidad, nos apresuramos a aceptar la culpa del chivo expiatorio.

 

El sangriento sacrificio del chivo expiatorio parecería ser una reliquia bárbara del pasado, pero la práctica aún subsiste en la actualidad, aunque en forma indirecta y simbólica. Dado que el poder depende de las apariencias, y quienes ejercen el poder nunca deben parecer capaces de cometer errores, el uso del chivo expiatorio sigue siendo tan común y corriente como siempre. ¿Qué líder moderno ha asumido, asume o asumirá la responsabilidad de sus errores? Siempre busca a otros a quienes culpar, un chivo expiatorio que sacrificar.

 

Además de desviar convenientemente la responsabilidad y la culpa, un chivo expiatorio puede servir como una advertencia para los demás.

 

A veces es una táctica muy inteligente elegir un chivo expiatorio, a la víctima más inocente posible, pues un inocente no tiene suficiente poder para luchar contra ti y, sus ingenuas protestas podrían considerarse una señal de culpa. Ten mucho cuidado, amable lector, sin embargo, de no crear un mártir. Es importante que sigas siendo la víctima, el pobre líder traicionado por la incompetencia de quienes te rodean. Si el chivo expiatorio parece como demasiado débil y el castigo es demasiado cruel, puedes terminar siendo la víctima de tu propio juego. A veces te convendrá buscar un chivo expiatorio más poderoso, que, a la larga, genere menos simpatías.

 

En este sentido, la historia ha demostrado una y otra vez el valor de usar como chivo expiatorio a una persona con la que se tiene estrecha relación. Esto se conoce como la caída del favorito. La mayoría de los reyes tenían un favorito personal en la corte, un hombre a quien distinguían –a veces sin razón aparente- y colmaban de favores y atenciones. Pero ese favorito de la corte podía llegar a servir  de conveniente chivo expiatorio en el caso de una amenaza a la reputación del rey. El público siempre estaba dispuesto a creer en la culpa del chivo expiatorio porque ¿por qué habría de sacrificar el soberano a su favorito, a no ser que de veras fuera culpable? Y los demás cortesanos, que de todos modos no simpatizaban con el favorito, se regocijaban ante su caída. El rey, entre tanto, se libraba de un hombre que quizá para entonces ya sabía demasiado sobre él y quizá se había vuelto arrogante y hasta desdeñoso. Elegir como chivo expiatorio a una persona muy cercana a ti, tiene el mismo valor que la caída del favorito. Si bien, perderás un amigo o un asistente, a la larga resulta más importante ocultar los propios errores que conservar a alguien que tal vez algún día se vuelva contra ti de todos modos. Además siempre podrás encontrar un nuevo favorito con quién remplazarlo.

 

La insensatez no consiste en cometer una insensatez, sino en ser incapaz de ocultarla. Todos los hombres cometen errores, pero el hombre sabio oculta las faltas cometidas, mientras que el tonto las hace públicas. La reputación depende más de lo que se oculta que de lo que se ve. Si no puedes ser bueno, se cuidadoso. ¡Atento!