Los Mesones en Pátzcuaro jugaron un rol de suma importancia. Allí se tejieron historias importantes de diferente índole entre gente muy distinta en costumbres, allí convivían por poco tiempo gente de la Costa, de la Sierra, de la Meseta, del Bajío y otras que llegaban de diversas latitudes arreando sus animales cargados de productos; era común ver por las calles las recuas de mulas, asnos, caballos, y los clásicos arrieros entraban y salían por los diferentes accesos del pueblo, la salida a Uruapan allá por el triángulo, la de Morelia del Humilladero y de Tierra Caliente por la Vuelta de los Reyes.
El Mesón del Gallo, el mesón del Ángel, el mesón del Retoño, el mesón de La Salud, el mesón de Nieves, entre otros de los que había en Pátzcuaro, vivían una febril actividad todo el año con los viajeros de todas las categoría que llegan por distintos asuntos a esta colonial ciudad, incluso muchos se quedaron a vivir embelesados por los encantos propios de la magia que despiden las calle de este pueblo.Y es que la actividad económica era tal que muchos comerciantes y arrieros tenían que hacer que acudían ante las autoridades locales para que dieran fe de diferentes tratos, es muy común encontrar en nuestro archivo histórico del municipio diferentes documentos que tratan sobre convenios y compromisos que signaban gentes de distintas partes de nuestro Estado y de la república, esto da cuenta de la importancia que tiene nuestro solar querido y que siempre se ha manifestado como una ciudad cosmopolita.
Por lo anteriormente comentado se hacía necesario que alguien prestara los servicios para el aseo personal de los viajeros y para ello se dispuso el Señor Antonio Reyes, un hombre muy piadoso a quien se le reconocen méritos como protector de la Virgen de la Salud, imagen que escondió en su casa del portal Allende de La Plaza Grande, en los aciagos tiempos de la “Cristiada” o Persecución Religiosa en el último tercio de la década de los veintes y el primero de los treinta.
Pues bien, paralelo a esos tiempos estableció unos baños en la casa marcada con el número 38 de la Calle Romero que sirviera para el aseo personal de la gente de la ciudad, pero sobre todo para los viajeros que se hospedaban en los mesones y al carecer estos de ese acudía a lo que en esos tiempos se llamaron BAÑOS DEL YANQUI; ignoramos el por qué del el nombre, pero lo cierto es que allí se daban cita en busca de aseo personal los viajeros que llegaban a nuestra ciudad a disfrutar de una buena ducha, de un baño en temazcal, “un regaderazo” previo a nadar en una amplia piscina de una riquísima agua nacida de una manantial que está a corta distancia en donde ahora es un conocido fraccionamiento en la calle de Federico Tena.
Aunque también existían los baños de San Miguel, pero allí solo era servicio para personas, en cambio en los del Yanqui también era para animales que primero eran sacudidos por diligentes mozos previo a ingresarlos a la enorme alberca a través de una rampa y que los nobles brutos gozaran de un refrescante baño con agua tibia, calentada con la más moderna técnica a través de calentadores ex profeso traídos desde la república de Alemania.
(Aún quedan vestigios de esas calderas y calentadores en el citado domicilio)
Dicen que también tenían el servicio de barbería, por lo que es de imaginar que los viajeros llegaban fatigados, sudorosos, sucios y malolientes por las inclemencias del camino, pero cuando salían de los baños del Yanqui iban “rechinando de limpios,” “peor que nuevos” y dispuestos a continuar con su largo andar, llevando los más diversos productos a lo largo de los “4 Vientos”.
La calle Romero, antigua del Indio Triste, continuamente observaba un gran bullicio de caballos y caballeros que llegaban a los baños del Yanqui desde temprano hasta las muy altas horas de noche en un trajinar constante, porque he de decir que el servicio no era exclusivo para caballeros, también había espacio para damas; aunque usted no lo crea, la actividad de arriero no era privativa del sexo masculino y las grandes travesías por los caminos de Michoacán, ameritaban un reconfortante baño en temazcal o regadera.
Los viajeros en general, cuando les avisaban que estaban próximos a llegar a nuestro pueblo, de inmediato se imaginaban un refrescante baño que limpiara los polvos del camino y, al presentir su comunión con el agua y los jabones de olor, evocaban en su mente los Baños del Yanqui de Pátzcuaro, Michoacán.
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