20 febrero, 2021
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La mujer delincuente…

Lic. Alfredo Castañeda Flores      Analista

18 febrero 2021.-La problemática de la mujer delincuente es una de las más difíciles de analizar, desde el punto de vista criminológico, por la carencia de estudios y de investigaciones sobre su conducta delictiva.

 

Por lo general se ha considerado que el delito de la mujer es una conducta aislada, casi de tipo pasional y que en relación al hombre las conductas antisociales son mínimas. Sin embargo en las últimas tres décadas el delito de la mujer ha aumentado firme y progresivamente en una proporción de 1/50, 1/20 y hasta 1/5 en relación al hombre, especialmente en nuestro país.

 

Es evidente que cada persona es única en sus aspectos sicológicos en su historia familiar y social, que reacciona de un modo particular que lo hace diferente de los demás y con un enfoque existencial también único y por lo tanto la agresión del delito implica aspectos básicos bio-sico-sociales también únicos. Por lo tanto la conducta delictiva es, desde el punto de vista clínico, la conducta que realiza un individuo, en este caso una mujer, en un momento determinado de su vida y en circunstancias especiales para ella.

 

La conducta delictiva que realiza una mujer es la expresión de una sicopatología individual de su alteración sicológica y social, pero en este caso la mujer delincuente no solamente es una persona enferma, sino el emergente de un núcleo familiar enfermo en el que la mujer traduce, a través de la agresión, las ansiedades y conflictos del intragrupo familiar.

 

En las conductas delictivas y antisociales más frecuentemente observadas se pueden mencionar:

 

La prostitución. Es la conducta antisocial típica de la delincuencia femenina. Muchos criminólogos opinan que, si se compara estadísticamente el número de mujeres prostitutas con la delincuencia masculina, habría un total equilibrio, es decir, es tan alto el índice de prostitución que representa el mismo porcentaje que la delincuencia masculina.

 

La forma más común de la delincuencia femenina entonces es el comportamiento sexual antisocial. Desde una perspectiva sicológica, la prostitución siempre implica conductas de autodestrucción, debido a complejos procesos síquicos. Esta personalidad está dominada principalmente por un progresivo deterioro en todas las áreas de la personalidad, especialmente por la auto marginación que ella misma se impone y por el medio social donde vive con patrones culturales asociales.

 

La prostituta comienza su comportamiento antisocial desde muy joven, va adaptándose paulatinamente a un medio y por ello el gradual deterioro físico, síquico y social.

 

En la sicología de la prostituta se produce la separación entre los aspectos físicos o sexuales y los idealistas afectivos del amor infantil. Se acentúa esa ruptura que tiende a persistir en la vida adulta, cuando el conflicto originario vinculado con los aspectos del amor infantil ha llegado a ser excesivo y en esos casos es incapaz de mantener relaciones sexuales con ellos.

 

Según especialistas, la importancia real de las rupturas persistentes y patológicas estriba en que están destinados a cumplir una función esencialmente protectora, disociando los deseos sexuales de los objetos parentales a los que estaban vinculados.

 

La promiscuidad sexual es un recurso protector inconsciente. En la promiscuidad sexual compulsiva el mecanismo de desplazamiento puede ser útil no sólo a los propósitos de defensa síquica, sino también a los impulsos reprimidos. La promiscuidad ayuda a negar que en ciertos momentos hubo un objeto parental único, que fue destinatario del amor infantil. Representa también a nivel inconsciente, la búsqueda de una vinculación afectiva.

 

El hecho de que la prostituta tienda a su destrucción física, síquica y social, implica afrontar niveles terapéuticos complejos porque la prostituta difícilmente intenta salir de su medio, también por los aspectos masoquistas que presenta y por sus acentuados sentimientos de inferioridad pero también por la marginación social que acentúa su progresiva autodestrucción.

 

Homicidio. Especialmente en la mujer, es el homicidio pasional. La conducta de homicidio implica en nuestra consideración una desintegración de la personalidad, ya que solamente en un gran estrés sicológico puede llegar una persona a matar a otra.

 

La conducta de agredir de un modo destructivo como es la conducta de homicidio, solamente la puede proyectar un individuo con un gran problema síquico, es decir, el descontrol sicológico que permite la descarga de impulsos primitivos y destructivos se estructuran a través de complejas circunstancias pero donde predominan elementos sicopatológicos confusionales y sicóticos. La conducta homicida implica aspectos de descontrol, marcada insensibilidad y sadismo que se proyectan con enormes significados simbólicos.

 

Dentro de los diferentes tipos de homicidios en la mujer predomina el delito de homicidio por identificación emocional (celos). Es difícil, raro observar que una mujer llega a una conducta de homicidio por una problemática de alcoholismo, como se ve muy frecuentemente en el hombre. También no es frecuente observar que llegue a un homicidio por búsqueda de dinero o por una discusión o pelea, sino que siempre predomina el elemento afectivo y la agresión es manejada, no como el hombre impulsivamente, sino la agresión es preparada minuciosa y sádicamente.

 

El homicidio se produce para solucionar un conflicto interpersonal, este conflicto estalla, se desencadena después de un lento proceso en el que la mujer se siente despreciada, marginada y humillada. Por lo general el marido alcohólico que la golpea, que la agrede física y moralmente, es el inicio de sus sentimientos de venganza manifestados de una manera muy lenta. Son los crímenes en que la mujer espera una circunstancia en la que la víctima se encuentre de espalda, dormido para agredirlo hasta matarlo; en otros casos el envenenamiento es pequeñas dosis.

 

Sin lugar a dudas en la mayoría de los crímenes de la mujer existe una relación afectiva entre el autor y la víctima del crimen, es decir, hay un proceso afectivo que desencadena el crimen.

 

Se han observado homicidios de tipos sicóticos con procesos paranoicos en que la mujer se cree perseguida, con conductas delirantes. Estos crímenes ilógicos y sumamente sádicos se producen en zonas rurales porque se atribuye a que determinada persona pasó delante de su casa y le hizo un “mal” o que el hijito está enfermo debido a que la vecina le hizo un “mal de ojo”. La mujer piensa que eliminando, matando a la persona que le ha hecho la brujería salva a su familia. En estos casos es interesante observar que estas víctimas consideradas como brujas son mujeres ancianas en su mayor parte. También en estos crímenes se observa que a veces la mujer no es la autora del crimen, sino la instigadora que convence al marido o a otro familiar para que cometa el homicidio.

 

Los estados de angustia y de depresión, así como los sentimientos de culpabilidad, pueden llevar a crímenes en los que se matan a los niños para que en el futuro no sufran; la madre mata a los niños y después se suicida, es decir, la mujer llega al convencimiento de que es mejor que los niños no sigan viviendo.

 

Robo. El robo en la mujer no se aparta de las características sicológicas del hombre, sin embargo, se puede observar que en la mujer predomina más el hurto en las tiendas, en los comercios, especialmente de ropa, que el robo con violencia.

 

La mujer tiende a especializarse en determinados objetos que son los que roba, por ejemplo: sustrae únicamente zapatos y no otra prenda de vestir.

 

La mujer también ayuda en la conducta del carterista, aquí es difícil que actúe sola, siempre va acompañada de una pareja, ella actúa principalmente como colaboradora del carterista, como seductora de la víctima.

 

Tráfico de drogas. Es interesante observar que dentro de los delitos contra la salud, en la mujer predomina más que un consumo de drogas que cuando se da es en jóvenes, adolescentes y constituye una conducta marcadamente autodestructiva, la conducta más común es la de tráfico de drogas.

 

Se sabe, amable lector, que la adicción a las drogas puede manifestarse de múltiples maneras y cambia de una personalidad a otra, implica no obstante estas variantes una conducta autodestructiva, es negar la realidad y su mundo interno y también una búsqueda de salida a sus intensos conflictos internos. Como el deterioro mental y social es progresivo y muchas veces ha realizado experiencia con otras drogas más potentes, la mujer va perdiendo también progresivamente la capacidad de diferenciar su proceso interno y la realidad; predomina en todas sus conductas una marcada autodestrucción (predominan sicofármacos).

 

La mujer actúa en el tráfico de drogas como miembro de una organización que puede ser regional, nacional o internacional. La mujer está consciente e identificada con sus actividades las cuales justifica a través de mecanismos de racionalización (no conseguí trabajo, me despidieron, no tengo que dar de alimento a mis hijos, etc.), pero donde también se proyecta insensibilidad moral y social y sus dificultades a nivel de la integración de la personalidad.

 

La mujer traficante al igual que en el hombre presenta una personalidad sicopática con un sentimiento omnipotente y un delirio de grandeza tan marcado que busca el poder y el dinero a través de la droga. Quiero señalar que hay familias en la que todos o varios de los integrantes de la misma se dedican al tráfico de drogas y también son adictos. Es evidente que son familias con una gran patología y lo curioso y angustioso es que la madre inicia a los hijos en el tráfico y consumo de la droga, siendo el marido también drogadicto. En estas familias, se observa un deterioro físico y mental muy acentuado y en los hijos problemas de retardo mental o trastornos orgánicos cerebral. La madre traficante de drogas es el centro de esta conducta antisocial.

 

En otras entregas mencionaré más. ¡Ánimo!