9 marzo, 2026
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La embriaguez del poder…

9 marzo 2026.-La historia política de México suele repetirse cuando el poder pierde su sentido ético. El proyecto de transformación impulsado por el movimiento que hoy gobierna —encabezado por figuras como Andrés Manuel López Obrador y continuado por liderazgos dentro de Movimiento Regeneración Nacional— surgió precisamente como una crítica al viejo estilo de gobernar que durante décadas caracterizó al Partido Revolucionario Institucional: un sistema donde el cargo público muchas veces se confundía con privilegio, jerarquía y control político.
Sin embargo, toda transformación enfrenta una tensión inevitable: la distancia entre el discurso y la conducta de quienes ejercen el poder.
En la práctica cotidiana, algunos funcionarios parecen olvidar que el principio fundamental del proyecto de la llamada “Cuarta Transformación” es la idea de que el poder no es un fin en sí mismo, sino un instrumento para servir al pueblo. Cuando un servidor público exige deferencias, busca prestigio personal o actúa como si el cargo lo colocara por encima de la ciudadanía, reproduce exactamente aquello que el movimiento prometió superar.
La paradoja es evidente: se invoca la transformación mientras se reproducen hábitos del antiguo régimen. La lucha por posiciones internas, la construcción de grupos de poder o la búsqueda de protagonismo político terminan desplazando lo esencial: el compromiso con la justicia social, la igualdad y el bienestar colectivo.
No se trata, por supuesto, de una característica de todos. Dentro del movimiento conviven muchas personas honestas que sí creen en un cambio profundo del país. Pero el riesgo aparece cuando quienes ven la política como un medio para ascender en la estructura del poder utilizan el discurso transformador como simple envoltura retórica. En esos casos el proyecto pierde fuerza moral.
La historia demuestra que los movimientos políticos no se debilitan únicamente por la oposición externa, sino por sus contradicciones internas. Cuando la conducta de algunos de sus integrantes contradice los principios que dicen defender, la credibilidad del proyecto se erosiona.
Por eso, el verdadero desafío para cualquier proyecto transformador no es solo conquistar el poder, sino transformar la cultura política. Implica entender que un cargo público no otorga superioridad, sino una responsabilidad mayor. Implica recordar que la legitimidad no proviene del puesto, sino de la congruencia entre palabra y acción.
Si la llamada Cuarta Transformación quiere consolidarse como un cambio histórico y no solo como una alternancia en el poder, deberá cuidar ese principio esencial: que el poder sea siempre una herramienta de servicio y nunca una forma de vanidad política.
Porque cuando la política se convierte en una carrera por el poder mismo, deja de ser transformación y vuelve a parecerse demasiado a aquello que prometía reemplazar.