24 julio, 2024
ROTATIVO DIGITAL

LA DISCIPLINA DE LA LINEA…

El modus operandi del Partido Revolucionario Institucional, que Lorenzo Meyer describe como “el partido que no es partido, sino lo es todo”, durante su historia de fundación (4 de marzo de 1929) y sus cambios de nombre (Partido Nacional Revolucionario, 1929) (Partido de la Revolución Mexicana, 1938) y (PRI, desde 1946), hasta nuestros días se explica por el tradicional mecanismo de la línea, que no siendo ilegal ni tampoco ilegítima en varias democracias, arroja una sombra de sospecha en el ambiente mexicano, dadas las condiciones en que ha operado esa tradición en la época hegemónica del PRI.

La línea puede considerarse como un elemento que contribuye a generar la disciplina de partido en cualquier parte del mundo, y que opera bajo diversas modalidades en casi todos los partidos, incluyendo los más democráticos. Para operar eficazmente, los partidos democráticos se ven obligados a combinar la autonomía de sus miembros y legisladores con la disciplina de partido –sin la cual se pierde eficacia legislativa, e incluso gobernabilidad-. Los partidos construyen mecanismos para que, en ciertas circunstancias, sus miembros y parlamentarios asuman una decisión tomada en la cúpula, de modo de darle consistencia y fuerza, presumiblemente en beneficio del partido y de los miembros que lo componen.

De ahí la legendaria figura del “whiper” -el que lleva el látigo- en los parlamentos de varios países, encargados de reunir a los miembros de su respectiva bancada, para que no falten a una sesión importante y voten en cierto sentido (a favor, en contra o absteniéndose). El “whiper” era, según Max Weber: “el personaje político profesional más importante de la organización del partido”. La disciplina es pues un elemento imprescindible de la vida de los partidos políticos, incluyendo los más democráticos. Pero la disciplina no sólo es aplicable a los legisladores; con el tiempo, se hizo también importante respecto de las bases militantes, tanto para campañas de movilización política como para fines estrictamente electorales y, eventualmente, para la contienda interna entre corrientes y candidatos.

Dice Weber que en Inglaterra en 1868: “Para conseguir la adhesión de las masas era necesario crear un aparato enorme de asociaciones de aspecto democrático, constituir en cada barrio urbano un cuartel electoral, mantener el aparato constantemente en marcha y burocratizarlo todo vigorosamente… El resultado fue una centralización de todo el poder en manos de pocas personas y, finalmente, de la única que figuraba a la cabeza del partido”. Pero dicha obediencia no era resultado de mecanismos coercitivos como ocurrió después en los partidos totalitarios, sino esencialmente consecuencia de la convicción mayoritaria de que la unidad en torno de la cúpula partidaria arrojaría mejores dividendos políticos al partido mismo y a sus miembros. Este esquema ha funcionado en varios países democráticos, pero más concretamente en México (con el PRI).

Robert Michels, autor clásico sobre los partidos políticos modernos, atribuía la eficacia de la línea a la falta de preparación y motivación de las masas –o de las bases- para tomar iniciativas, y su propensión a dejar en los líderes esa tarea, para adherirse a las decisiones que caen en cascada de arriba a abajo por la jerarquía partidista: “La tendencia –dice Michels- se manifiesta en los partidos políticos de todos los países”. En México, ese fenómeno se ha visto predominantemente en el PRI, desde luego, pero no sólo en él. Los partidos de oposición, en mayor o menor medida, presentan también ese esquema de línea espontánea y racional, surgido de la adhesión voluntaria y no de presiones coercitivas. Ello podría explicar los arrolladores triunfos del PRI en las décadas anteriores, donde ganaba el noventa por ciento o más de las posiciones políticas en juego, se llevaban lo que dicen “carro completo, hasta el segundo lustro de los ochenta (1989), en que por fin la oposición (PAN) ganó la gubernatura de Baja California (Ernesto Rufo Appel).

El problema empieza cuando un partido recurre precisamente a la coerción para obligar a sus miembros a comportarse políticamente de acuerdo a las necesidades de los líderes, sin importar la convicción de las bases. Ese es parte del problema de la línea en partidos monopólicos (hegemónicos). Acatar la línea representa en tales casos una forma de sobrevivir en un partido o sindicato, más allá de las propias convicciones ideológicas o programáticas. Y es justamente eso lo que da a los dirigentes de este tipo de partidos un mecanismo de control que rebasa con mucho el que puedan tener sus homólogos de partidos que operan en un ambiente más competitivo.

Dentro de la tradición priísta, la línea se configuró también a partir de la condición monopólica del PRI, que no dejaba a sus miembros otra opción que cumplirla, a riesgo de recibir una fuerte sanción o de ser expulsado del único organismo que podía prodigar beneficios políticos significativos. Desde luego, no se trata de un producto posrevolucionario, sino que viene al menos de la época porfirista. Francisco Bulnes, un prestigiado intelectual del porfirismo, hacía referencia a esa tradición: “Se sabe –escribió en 1919- que el principio político de las burocracias en materia electoral es irse a la cargada”, por lo cual cuando esa burocracia se entera de quien será el favorito presidencial, “queda formado el candidato único, invencible, irrefutable, sagrado, inviolable, pero eso sí, completamente antidemocrático”. De ahí que seguir la consigna emanada de la cúpula dirigente era tomado como una necesidad vital para permanecer –y más aún, para ascender- en la organización partidaria. Al no haber opciones fuera del PRI, acatar la línea es la única forma –y la más segura- de recibir o expandir los beneficios que el partido puede prodigar a sus miembros. De ahí la suspicacia con que se sigue viendo la “cultura de la línea” en el PRI, como resabio de su legado autoritario que aún sigue vigente.

Pero cabe aclarar que la línea en el partido hegemónico también adquirió expresiones similares a las encontradas en partidos democráticos, fruto de la convicción racional de los miembros de que, acatando la consigna de las cúpulas, se podría obtener una mejor posición del partido frente a la competencia externa. Ello encierra una racionalidad política legítima. Así, en el PRI la línea surgida de la coerción ha convivido con la línea en su sentido racional y voluntario. Evidentemente, no es fácil decantar la frontera entre una y otra de estas facetas, pues ambas se refuerzan mutuamente.

Pero negar la existencia de alguna de ellas lleva a explicaciones demasiado simples en uno u otro sentido; si se niega la faceta coercitiva de la línea, se concluye que el PRI es ya un partido tan democrático como cualquiera que encontremos en los países occidentales; si se desconoce la expresión racional de la línea, entonces no queda más que inferir que el PRI es un partido estalinista. Ninguna de esas dos afirmaciones da cuenta cabal de lo que en realidad ha sido el PRI; un partido híbrido con procesos combinados de corte democrático y autoritario.

*Analista.