11 febrero, 2026
ROTATIVO DIGITAL

EL FAMOSO CUCHIMORO…

En honor a Don Octavio Ziranda (+)

De Los Nogales, Turicato.

-Amánsame esta bestia Cuchi- le dijo don Reginaldo Almonte al famoso Cuchimoro-

Dicen que el Cuchimoro estaba parado a un lado del patrón, parado de manera firme y con una expresión enjuta, de una tranquila manera  y sin ningún gesto de cara se saltó la cerca del potrero solo con una riata en la mano, su sombrero de ala ancha y sus calzones de manta, con una destreza que se veía en pocos arrieros, de un solo tiro logró la lazada, la bestia se retorcía como rescoldo en comal, era imparable, el Cuchimoro se enredó la cuerda entre su cintura y con sus brazos gruesos y morenos se plantó sobre el suelo y lentamente fue recortando la cuerda con sus manos calludas hasta que logró controlar al macho logrando acercársele, una vez tomada la crin le montó con mucha destreza y el animal salió brincando hecho una furia rumbo al monte hasta que se perdieron ambos entre la maleza.

Duró tres días perdido en el cerro, no se sabía nada de él, muchos llegaban a pensar que el Cuchimoro yacía en cualquier parte tirado con el cráneo destrozado o que podría haber sido atacado por algún puma; pero para su sorpresa al tercer día ya pardeando la tarde, se veía llegar una silueta a contraluz por donde se oculta al sol, la figura de un hombre moreno y trasijado arriba de un macho dócilmente amansado. Era sorprendente, porque la doma de un animal de esta naturaleza, requería de varios días. Todo ese tiempo había estado luchando con la bestia, sin comer, sin dormir y sin beber agua. Era increíble lo que este hombre de rasgos toscos y mirada fija lograba con la naturaleza endiablada de estos animales.

Cuando se aprestaba a llegar al corral, todos los labriegos y el patrón lo miraban con una cara de incredulidad, no faltaba quien anónimamente le preguntaba- ¿Ora cómo te fue Cuchi?- el solo respondía en un tono de una voz aguardientosa -¡Este no salió tan bravo!- con una ligera sonrisa satisfactoria. En cuanto bajaba de la bestia, era recibido con una botella de mezcal y era invitado a la cocina donde comía frijoles con queso y un chile de molcajete. Era de los mejores domadores de bestias de la región, por eso era reconocido desde Turicato hasta Ario de Rosales; además, no se perdía ningún jaripeo, en los que siempre se presentaba con su sombrero y sus calzones de manta y, generalmente con una botella de mezcal en la mano, su ropa bien sucia y un gabán viejo que le servía de cobija donde lo agarraba la noche, era como el “Juan charrasqueado” de La Cañada, al montarle a los toros que le acomodaran, siempre montaba a talón decía que no necesitaba espuelas pa domar una bestia y, como resultado casi siempre era abarrajado como mono de trapo llevándose sus chingadazos por todo el cuerpo, se dice que se la pasaba más con chipotes que bueno y sano.

El Cuchimoro, aparte de  domar caballos, machos y mulas, también tenía sus quereres y así como montaba bestias también montaba una que otra dama. Por parte de alguna de esas anónimas mujeres, entre chismes de lavanderas de arroyo, se regó el comentario que el Cuchi era un hombre cabal y bien dotado por la gracia de Dios, pues decían que su pene era tan grande como siete monedas del “7-20” puestas en fila. De este modo el Cuchimoro se ganó otra fama: la de ser u hombre portentoso en las mieles del amor.

Un día llegó a un jaripeo en la comunidad del Cahulote de Santa Ana, arribó todo mugroso y sudoroso, con la ropa de manta que parecía que no había lavado en un mes y su olor se expandía a los comuneros que por casualidad caminaban cerca de él; en ese día a alguien se le ocurrió gritar ¡Huele a cuchi! Y, don Octavio, -que así se llamaba- solo le acabaló:- por eso soy el “Cuchimoro”, porque ande como ande, no me le rajo a ninguna bestia. Ese día le montó a varios toros y con una reata que traía lazaba otros tantos para tumbarlos y echarles el pial.- a mí me gusta montarles de talón-. Decía, quitándose los guaraches- esos que ocupan espuelas pa´ montar un toro, también deberían ocupar enaguas-.

Desde entonces se le quedó el apodo, y en cada jaripeo era la estrella del rodeo, a todo donde andaba era el alma de la fiesta, y que después de varias montas y mezcales se le soltaba la lengua dicharachando con majaderías.

El famoso Cuchimoro acabó sus días viejo y solo en el rancho de Los Nogales, donde con sus calzones de manta se paseaba de calle en calle, casi siempre con unos alcoholes encima, con su cara morena y enjuta, conviviendo con sus recuerdos y siendo reconocido por todos como un gran domador y jinete. Ya solo había pocos que al encontrárselo, le decián:- ¡Ora Cuchi!- a lo que él respondía: -¡hey vali!-.

CRONICA DEL PROFESOR OMAR GARCIA PEÑALOZA