10 JUNIO 2026.-En una consulta médica, una persona mayor escucha que sus dolores son “normales para su edad”. En una oficina pública la llaman “abuelita” en lugar de dirigirse a ella por su nombre. En los medios de comunicación aparece representada como alguien dependiente, frágil o incapaz de tomar decisiones. Aunque estas situaciones suelen parecer inofensivas, forman parte de una forma de discriminación conocida como “edadismo”, una práctica que limita derechos y afecta la dignidad de millones de personas mayores.
De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), el edadismo se expresa mediante prejuicios, actitudes y decisiones basadas únicamente en la edad. No se trata solo de una cuestión de lenguaje. Sus efectos alcanzan ámbitos tan sensibles como la salud, la participación social, el acceso a servicios y la calidad de vida.
Desde una perspectiva de derechos humanos, el problema es particularmente grave porque parte de una idea equivocada: asumir que el envejecimiento reduce automáticamente el valor de una persona. Esta visión puede traducirse en exclusión institucional, negligencia en la atención médica, obstáculos para acceder a programas públicos o incluso situaciones de violencia y abandono.
México enfrenta un desafío creciente en esta materia. El envejecimiento de la población avanza rápidamente y cada vez más personas requieren políticas públicas que garanticen una vejez digna. Sin embargo, los estereotipos continúan presentes en la vida cotidiana. Expresiones aparentemente afectuosas como “abuelito” o “doñita”, cuando sustituyen la identidad de la persona, pueden reforzar percepciones paternalistas que limitan su autonomía y capacidad de decisión.
Especialistas en gerontología y organismos internacionales coinciden en que combatir el edadismo es una condición necesaria para construir sociedades más inclusivas. Esto implica reconocer a las personas mayores como sujetos plenos de derechos, escuchar sus opiniones, promover su participación en la vida pública y valorar la diversidad de experiencias que aportan.
La lucha contra esta forma de discriminación no depende únicamente de las instituciones. También requiere cambios culturales. Cuestionar los prejuicios asociados a la edad, evitar expresiones despectivas y reconocer la contribución social de las personas mayores son pasos fundamentales para transformar la manera en que se vive el envejecimiento.
En un país que aspira a la justicia social, garantizar el respeto a las personas mayores no debe verse como un acto de caridad, sino como una obligación ética y jurídica. Combatir el edadismo significa defender la dignidad humana y fortalecer una sociedad donde los derechos no disminuyan con el paso de los años.
Publicación de Alejandro Castañeda – Periodismo de Derechos Humanos y Justicia Social.

