12 febrero, 2026
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Cuando la guerra sustituye al derecho: el día en que el orden internacional se quebró

3 ENERO 2026.-La invasión violenta de Estados Unidos a Venezuela marca un punto de quiebre en la historia contemporánea. No se trata solo de una acción militar contra un país soberano, sino de la confirmación de una crisis profunda del orden internacional construido tras la Segunda Guerra Mundial. Con este acto, se ha consumado una renuncia abierta al derecho internacional, a la soberanía de los Estados y a los principios básicos de convivencia global. Más allá de la compleja y dolorosa realidad política y humanitaria venezolana, la intervención armada como “solución” ha sentado un precedente peligroso: la normalización de la fuerza como herramienta de dominación.
Este episodio no representa fortaleza ni liderazgo global. Por el contrario, evidencia el agotamiento de un modelo hegemónico incapaz de resolver los conflictos mediante la diplomacia, la cooperación y el consenso multilateral. En un mundo cada vez más multipolar, donde nuevas potencias disputan influencia económica y geopolítica, el recurso a la violencia revela temor estratégico y pérdida de legitimidad. Cuando el poder blando fracasa, emerge el uso del poder bruto, con consecuencias devastadoras.
Las principales víctimas son los pueblos. La agresión ha profundizado el sufrimiento de la población venezolana y ha sacudido a toda América Latina, reavivando memorias de intervenciones, tutelajes y proyectos imperiales. La guerra no solo destruye infraestructura y vidas; también erosiona la confianza entre naciones, alimenta el desplazamiento forzado y siembra resentimientos que perduran por generaciones. Una vez desatada, la violencia se vuelve un demonio difícil de contener.
Para Estados Unidos, esta invasión representa una derrota moral de enormes proporciones. Contradice los valores democráticos que históricamente ha proclamado y refuerza la percepción de un poder dispuesto a actuar como juez, jurado y verdugo en función de intereses económicos y geopolíticos. Lejos de fortalecer su posición internacional, la encierra en el aislamiento y debilita su autoridad ética ante el mundo.
Lo ocurrido obliga a una reflexión urgente. La invasión a Venezuela no es la solución a ningún problema estructural; es, en sí misma, una tragedia y una advertencia. Defender la paz y el derecho internacional hoy no implica respaldar a gobiernos, sino proteger a la humanidad de un mundo donde la ley del más fuerte sustituya definitivamente al diálogo. Si esta lógica se impone, no habrá vencedores: todos habremos perdido.