2 FEB. 2026.-Hubo un tiempo en Pátzcuaro en el que el reloj no mandaba. El día comenzaba cuando el sol se asomaba sobre el lago y terminaba cuando las campanas de la Basílica anunciaban la noche. No había pantallas que nos robaran la mirada ni prisas que nos empujaran; el tiempo simplemente pasaba, como el agua quieta entre los tulares.
Éramos niños y la calle era nuestra. Jugábamos canicas en la banqueta, trompo frente a la casa, escondidas entre los callejones empedrados. Corríamos hasta quedar sin aliento, con las rodillas raspadas y el corazón lleno. Nadie preguntaba dónde andábamos; bastaba con volver antes de que mamá gritara nuestro nombre desde la puerta. La felicidad olía a tierra mojada después de la lluvia y a pan recién hecho en la mañana.
Las tardes eran eternas. A veces nos sentábamos en el muelle a ver regresar a los pescadores, con sus redes y sus historias. El lago era un espejo vivo y el pescado blanco no era un símbolo en peligro, era parte del día a día, de la mesa familiar, de la identidad misma. Todo parecía más grande, más real.
Los sábados por la mañana eran sagrados. Nos levantábamos temprano para ver la televisión, esperando toda la semana ese programa que no se podía repetir. Si te lo perdías, se perdía para siempre. Y quizás por eso lo valorábamos más. La espera también era parte de la alegría.
La música llegaba por la radio. Grabábamos canciones en cassettes, cuidando que el locutor no hablara encima. Cuando la cinta se atoraba, un lápiz bastaba para salvarla. Esos sonidos eran nuestros, únicos, irrepetibles. No había listas infinitas, solo canciones que se quedaban tatuadas en la memoria.
Los domingos eran de familia. Comida caliente, risas largas, pláticas sin prisa. Nadie miraba un teléfono; nos mirábamos entre nosotros. Mamá cocinaba como nadie, y sin saberlo, nos estaba enseñando que el hogar no es un lugar, sino un momento compartido.
Hoy, cuando camino por Pátzcuaro, todo sigue ahí y, al mismo tiempo, todo es distinto. El mundo es más rápido, más conectado, pero también más lejano. A veces cierro los ojos y escucho las risas de aquellos días, el eco de una infancia que no volverá. Y entiendo que recordar es nuestra forma de regresar, aunque sea por un instante, a ese tiempo en el que la vida era simple y, sin saberlo, profundamente verdadera.
PATZCUARO TAL CUAL…

