14 abril, 2026
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Cuando el hogar se queda solo: remesas y distancia en una familia de Pátzcuaro

Alejandro Martínez Castañeda

13 abril 2026.-En el patio de su casa, en una comunidad rural de Pátzcuaro, don Manuel y doña Teresa pasan las tardes entre macetas, recuerdos y fotografías. Ambos superan los 80 años, y aunque la vida no les ha sido ingrata, hay un silencio que se instaló hace décadas y nunca se fue.

Hace más de 30 años comenzó la historia que hoy define su vida: la migración. Primero uno, luego otro, hasta que los tres hombres y las dos mujeres cruzaron a Estados Unidos en busca de trabajo. Allá se quedaron. Allá hicieron familia. Allá construyeron su presente.

Aquí, en cambio, quedaron los padres… y la casa.

“No nos ha faltado nada”, dice doña Teresa con una serenidad que no oculta la nostalgia. “Siempre están al pendiente, siempre mandan dinero… pero no es lo mismo”.

Las remesas llegan puntuales. Gracias a ellas, la vivienda se mantiene en buen estado, hay comida suficiente, medicinas y cierta tranquilidad económica. Don Manuel lo reconoce sin rodeos: “Vivimos bien… no nos podemos quejar”.

Pero basta una pausa para que aparezca lo esencial:

“Vienen cada dos o tres años, y nosotros hemos ido varias veces”, añade. “Pero no es igual… sentimos que nuestra familia ya no es como cuando todos vivíamos juntos acá en el pueblo”.

Las fiestas ya no son lo que eran. Las sillas vacías pesan. Las conversaciones ahora pasan por pantallas. Los abrazos se acumulan para cuando haya viaje. Mientras tanto, la vida sigue, pero distinta.

La historia de don Manuel y doña Teresa no es excepcional. Es, en realidad, profundamente común.

De acuerdo con especialistas, las remesas, desde hace muchos años, se han convertido en un soporte fundamental para millones de familias michoacanas. En 2025, Michoacán se mantuvo como líder nacional en la recepción de remesas, captando más de 5 mil millones de dólares. Estas remesas representan aproximadamente el 10-11% del Producto Interno Bruto (PIB) estatal.

Sin embargo, tales cifras revelan una contradicción: sostienen economías, pero fragmentan hogares. Este fenómeno no solo implica movilidad laboral, sino una transformación profunda de la vida familiar y comunitaria, donde la distancia se vuelve permanente y la convivencia, esporádica, subrayan estudiosos del tema.

Más allá del ingreso económico, la migración prolongada reconfigura los afectos. Padres que envejecen solos, hijos que crecen lejos de su lugar de origen, comunidades donde la presencia física se sustituye por transferencias bancarias, refieren.

En el caso de esta familia de Pátzcuaro, esa realidad se resume en una frase sencilla, dicha casi en voz baja por doña Teresa: “Sí, tenemos lo necesario… pero la familia ya no está”.

Y en esa distancia —entre el bienestar material y la ausencia emocional— se sostiene una de las historias más profundas de la migración: la de hogares que permanecen, pero ya no son los mismos.