En un reino lejano, más allá de las arenas y las montañas, vivía Artabán, el cuarto Rey Mago. No era tan famoso como Melchor, Gaspar y Baltasar, porque su camino siempre fue distinto. Mientras los otros tres partieron con sus cofres llenos de oro, incienso y mirra, Artabán preparó un regalo especial: una piedra preciosa azul como el cielo al amanecer, símbolo de esperanza.
Pero Artabán tenía algo que lo hacía único: cojeaba. Su pierna derecha, herida en una antigua batalla, lo obligaba a caminar despacio. Por eso, cuando vio la estrella brillante en el cielo, supo que su viaje sería más largo y difícil. Aun así, no dudó: “Si el Rey que ha nacido es tan grande como dicen, debo ir a verlo”.
El camino de la compasión
Artabán emprendió su viaje con paso lento, apoyado en su bastón. Cada día seguía la estrella, pero también escuchaba los lamentos del mundo. En el primer pueblo, encontró a un anciano enfermo, solo y sin comida. ¿Qué hizo Artabán? Se detuvo, compartió su pan y cuidó al hombre hasta que pudo sonreír. “¿Por qué tardas?”, le preguntaba su corazón. Pero él respondía: “¿Cómo podría honrar al Rey sin ayudar a sus hijos?”.
Más adelante, halló a una madre llorando porque su hijo estaba prisionero injustamente. Artabán entregó una de sus joyas para liberarlo. “La estrella me espera”, pensó, “pero la justicia no puede esperar”.
Así, cada acto de bondad lo retrasaba. Y cada retraso lo hacía más cojo, más cansado, pero también más lleno de amor.
Cuando llegó… ya se habían ido
Después de muchos días, Artabán llegó a Belén. El establo estaba vacío. El Niño y sus padres habían partido rumbo a Egipto. Artabán sintió un nudo en la garganta. “¿He fallado?”, pensó. Pero entonces escuchó gritos: soldados estaban entrando al pueblo para cumplir la orden de Herodes. Sin pensarlo, Artabán entregó su última joya para salvar a un niño de la masacre. Ese niño, abrazado por su madre, le sonrió. Y en esa sonrisa, Artabán entendió: cada vida que salvó, cada lágrima que secó, fue su verdadero regalo al Rey.
El Rey Cojo nunca deja de llegar
Dicen que Artabán nunca dejó de caminar. Cada año, cuando la estrella vuelve a brillar, él aparece en los corazones que ayudan, en las manos que comparten. Por eso, en algunos hogares, cuando falta un regalo, los abuelos dicen: “No te preocupes, el Rey Cojo viene en camino”. Porque Artabán siempre llega… aunque tarde, pero con amor. Sus regalos son sencillos, a veces sus regalos son herramientas: azadones, palas, semillas. Porque con ellas los niños aprenden a crear vida, a sembrar futuro. El Rey Cojo nos enseña que la bondad y el trabajo son los regalos más grandes.
Mensaje para reflexionar:
El verdadero regalo no siempre está envuelto en papel brillante. A veces, es un gesto, una palabra, una ayuda. Artabán nos enseña que la bondad es el regalo más grande.
José Guadalupe Bermúdez Olivares
Enero de 2026.

