Lic. Alfredo Castañeda Flores ANALISTA
25 NOV. 2022.-El arte de enamorar y tratar a las mujeres es algo tan impredecible que normalmente se hace mal.
En esta entrega quiero ayudar a los hombres a cambiar su estrategia, técnicas y tácticas, para ello espero poder hacerlo y reflexionen en lo expuesto aquí.
El sexo femenino, de baja estatura, de hombros estrechos, de caderas anchas y de piernas cortas, puede ser llamado el sexo bello sólo por el intelecto masculino, nublado por el instinto sexual; en pocas palabras, toda la belleza femenina reside en este instinto.
Las mujeres son el segundo sexo, que desde todo punto de vista es inferior al sexo masculino; por ello, hay que respetar la debilidad de la mujer; sin embargo, es extremadamente ridículo profesar veneración a las mujeres; ello nos rebajaría incluso a los propios ojos de ellas.
Las mujeres son incapaces de tener un interés puramente objetivo en algo, y ello, debido a lo siguiente: el hombre trata de alcanzar siempre un dominio directo sobre las cosas, bien sea mediante la comprensión, o mediante la constricción. La mujer, por el contrario, siempre se ve obligada a conformarse con un dominio indirecto, es decir por medio del hombre, el único al que puede dominar directamente. Por tanto, está en la naturaleza de las mujeres considerar todo sólo como un medio para conquistar al macho, y su interés hacia cualquier otra cosa es siempre sólo un interés simulado, una sencilla estratagema, es decir, que todo se reduce a coqueterías y monadas… Bastaría con observar el objeto y la calidad de su atención en un concierto, una ópera o una obra de teatro; con ver, por ejemplo, la despreocupación infantil con que prosiguen sus conversaciones durante los pasajes más bellos de las mayores obras maestras.
La naturaleza ha destinado a las jóvenes a lo que, en términos teatrales, se llama un cambio de escena: en efecto, por unos años la naturaleza les otorga belleza exuberante, atractivos y formas voluptuosas, a expensas del resto de su vida, para que en el transcurso de esos pocos años puedan adueñarse de la fantasía de un hombre, de manera que éste se vea obligado a tomar honestamente a una de ellas para toda la vida, a como dé lugar; paso hacia el cual la mera reflexión racional no parecería haber dado ninguna garantía segura de estímulo al hombre. Por ello, la naturaleza proveyó a la hembra, como a cualquier otra criatura, de las armas y herramientas que requiere para asegurar su existencia y por el tiempo que las necesite; pero, ahí, también la naturaleza actuó con su acostumbrada parsimonia. Tal como por ejemplo, la hormiga hembra, tras el acoplamiento, pierde sus alas, ya superfluas y hasta peligrosas para su descendencia, de la misma forma, tras uno o dos embarazos. La mujer pierde su belleza y, probablemente, hasta la misma razón.
Con las mujeres la naturaleza dio un golpe maestro: en un cierto momento de su juventud, reunió en ellas toda la belleza y todos los encantos necesarios para atraer con fuerza las miradas distraídas de los hombres, inducirlos a la tentación, acallar toda reflexión y llevarlos, después, a la ruina. Es la naturaleza la que produce a la joven… por la cual los individuos se echan a perder y los pueblos se exterminan. La naturaleza, además, las dota de coquetería, que realza la belleza y, de ser necesario, hasta la reemplaza.
Las mujeres sólo sirven para curarnos y educarnos durante nuestra infancia, precisamente porque son pueriles, simples y miopes; en pocas palabras, se quedan toda la vida como niñas grandes: ellas ocupan un escalón intermedio entre el niño y el hombre, que viene siendo el verdadero ser humano.
Cuando la naturaleza dividió al género humano en dos partes, no lo hizo exactamente a la mitad. A pesar de su polaridad, la diferencia entre el polo positivo y el polo negativo no es sólo cualitativa, sino también cuantitativa. Nuestros ancestros y también los pueblos orientales han considerado así a las mujeres, asignándoles el sitio adecuado mucho mejor que nosotros, que practicamos la galantería francesa de viejo corte y profesamos una tonta veneración al sexo femenino, flor suprema de la estupidez cristiano-germánica, que tan sólo sirvió para volverlas arrogantes y descaradas, tanto que, a veces, nos recuerdan a los simios sagrados de Benarés, que, conscientes de su propia santidad e inviolabilidad, se atreven a hacer de todo.
La naturaleza muestra una gran predilección por el sexo masculino. Él posee el privilegio de la fuerza y la belleza; en el campo de la satisfacción sexual le corresponde sólo el placer, mientras que a la mujer le tocan todas las cargas y las desventajas… Si el hombre quisiera sacar provecho de esta parcialidad de la naturaleza, la mujer sería el ser más infeliz, porque el cuidado de los hijos recaería totalmente sobre ella, y ella, con su poca fuerza, quedaría totalmente privada de cualquier ayuda.
Cuanto más noble y perfecta es una cosa, tanto más tarde y más lentamente llega su madurez. Difícilmente el varón alcanza la madurez de la razón y de sus fuerzas intelectuales antes de los veintiocho años; la mujer, por el contrario, ya la alcanza a los dieciocho; pero, justamente por ello, su razón es muy limitada. Por tal motivo se quedan niñas toda la vida, tan sólo ven lo que les queda más cerca, viven apegadas al presente, confunden la apariencia de las cosas con la sustancia y prefieren las tonterías a los asuntos más importantes.
La vanidad de las mujeres, así no fuese mayor que la de los hombres, posee un aspecto muy negativo; está enfocada totalmente hacia objetos materiales, es decir, hacia la belleza de su propia persona y, por ende, hacia el lujo, los adornos y la magnificencia… Todo ello, aunado a su escasa inteligencia (leíste bien, amable lector), hace que sea más propensa al despilfarro, por ello un antiguo sabio dijo: la mujer es despilfarradora por naturaleza. La vanidad de los hombres, por el contrario, se enfoca a menudo hacia privilegios no materiales, como la inteligencia y la erudición, la valentía y cosas de este estilo.
El amor materno primitivo es, como en los animales, puramente instintivo, por tanto, cesa cuando los hijos no necesitan más de los cuidados físicos… El amor del padre del padre por sus hijos es muy diferente y mucho más sólido; se basa en el reconocimiento del propio yo más íntimo en sus mismos hijos y es, por tanto de origen metafísico.
El deseo de conocimiento, cuando se enfoca hacia lo universal, se denomina anhelo de sabiduría; cuando se enfoca hacia lo singular, se den omina ansia de novedad, curiosidad. Los niños demuestran, por lo general, deseo de aprender; las niñas, por el contrario, demuestran sólo curiosidad, a veces en grado asombroso y marcado, a menudo por una exasperante ingenuidad. Es aquí cuando ya se anuncia la inclinación específica del sexo femenino hacia lo particular y su insensibilidad hacia lo universal.
El ser humano, a diferencia de los animales, no vive tan sólo en el momento presente sino que también toma en cuenta y reflexiona sobre el pasado y el futuro; de ahí su previsión, su preocupación y su frecuente sentido de angustia. La mujer, por el contrario, dada su razón más débil, participa menos de las ventajas y desventajas de todo ello. Ella acusa una cierta miopía intelectual porque su intelecto intuitivo ve de manera distinta las cosas cercanas, presentándole un horizonte mucho más restringido, en el que no caben las cosas lejanas. Justamente por ello, todo lo ausente, lo pasado o lo futuro, actúa mucho menos sobre las mujeres que sobre los hombres. De allí deriva también la tendencia, mucho más frecuente en las mujeres, al despilfarro, que llega a veces hasta la insensatez. Pese a las muchas desventajas de esta situación, también ofrece un lado positivo: la mujer se cala mucho más que nosotros en el presente y, por ende, lo disfruta más, mientras éste sea tolerable. De ahí esa especial serenidad de la mujer, que le permite brindarle al hombre cargado de preocupaciones horas placenteras de descanso.
¿Te parece fuerte, exagerado? Si te detienes a analizar, te darás cuenta que no lo es, que la mayoría de hombres que las veneran sin chistar, están equivocados, provocando tantos dolores de cabeza que ellos mismos padecen, por su inobservancia. ¡Ánimo!