ALEJANDRO MARTINEZ CASTAÑEDA
27 feb. 2026.-El debate sobre la reducción de la jornada laboral de 48 a 40 horas en México no es solo una discusión económica: es una batalla cultural sobre el valor del tiempo humano. Lo que está en juego no es un ajuste técnico en la Ley Federal del Trabajo, sino la forma en que entendemos la dignidad, la productividad y el sentido mismo del trabajo en el siglo XXI.
México es el país de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos donde más horas se trabaja: alrededor de 2,226 horas al año. Sin embargo, nuestra productividad no despega al ritmo de ese sacrificio. La ecuación es incómoda: más horas no han significado más valor. Estar sentado frente a una computadora no es sinónimo de generar riqueza; muchas veces es simple “presentismo”, una cultura de vigilancia disfrazada de compromiso, o el miedo —todavía muy arraigado— al jefe que mide lealtad en ojeras.
Reducir la jornada no es “dar permiso de descansar”. Es devolverle al trabajador algo que nunca debió perder: el derecho a la salud mental, a la crianza de sus hijos, al cuidado de sus padres, al ocio creativo. El ocio no es pereza; es espacio para pensar, convivir y construir comunidad. Paradójicamente, el país que más trabaja es también uno de los que más padece estrés laboral y agotamiento crónico. El burnout no es una moda generacional: es una crisis de salud pública que termina pagando el Estado en consultas médicas, incapacidades y deterioro del tejido social.
Quienes se oponen a la reforma repiten una narrativa conocida: “México no está listo”, “las PyMEs quebrarán”, “la competitividad caerá”. Son los mismos argumentos que hace un siglo se usaron contra la jornada de ocho horas o contra la prohibición del trabajo infantil. La historia demuestra que la economía se adapta. Las empresas innovan, reorganizan procesos y descubren que la eficiencia no depende de la explotación sino de la inteligencia organizacional. Lo que no se recupera es el tiempo perdido en el tráfico, las cenas familiares ausentes o la salud mental erosionada por jornadas interminables.
Además, medir la competitividad únicamente por costos laborales bajos nos condena a una lógica de maquila permanente. Si el único atractivo de un país es que su gente trabaja más por menos, el mensaje es devastador: el tiempo humano vale poco. Esa lógica puede generar ganancias en el corto plazo, pero en el largo erosiona la cohesión social, desalienta el talento y perpetúa un modelo de bajo valor agregado.
Reducir la jornada a 40 horas no significa trabajar menos; significa trabajar mejor. Obliga a las empresas a revisar procesos obsoletos, a invertir en capacitación y tecnología, a medir resultados en lugar de horas. Es un cambio cultural que desplaza el foco del control al desempeño. En lugar de premiar la permanencia física, se premia la creatividad y la eficacia.
También es una discusión sobre igualdad. En un país donde las mujeres siguen cargando desproporcionadamente con el trabajo doméstico y de cuidados, una jornada más corta puede abrir espacio para una distribución más justa del tiempo en el hogar. El tiempo libre no es un lujo: es una condición para la ciudadanía plena.
Por supuesto, la transición debe ser gradual y acompañada de políticas públicas que apoyen a las pequeñas y medianas empresas. Pero usar el miedo como argumento permanente equivale a congelar cualquier avance social. Las reformas laborales históricas nunca fueron cómodas; fueron necesarias.
En México parece que la eficiencia se mide en cansancio y no en resultados. Hemos normalizado que el éxito implique agotamiento. Sin embargo, una empresa que solo es rentable a costa de la salud mental de su equipo no es un negocio exitoso: es un sistema de extracción humana.
La reforma de las 40 horas es, en el fondo, una declaración de principios. Es afirmar que el trabajo es un medio y no un fin; que la economía existe para servir a la vida y no al revés. No se está pidiendo menos trabajo. Se está exigiendo más vida.

