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Dos y tres de octubre de 1968, días de pesadilla

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En 50 años nunca he escrito algo sobre Tlatelolco y mi experiencia en esa tarde-noche del 2 de octubre de 1968. Quedé enmudecido por esa traumática experiencia. Lo hago hoy por la fecha redonda de 50 años y como una forma de rendir homenaje a los dueños de la sangre que recogí en mi ropa en esa loca y desesperada travesía de la explanada de la plaza de las Tres Culturas, a veces corriendo y otras pecho a tierra; sangre de compañeros anónimos que no tuvieron la suerte que yo tuve como muchos otros de salir con vida de aquella masacre.

 

Como otros compañeros universitarios, trabajaba en la Biblioteca Nacional, que era y es parte de la Universidad Nacional Autónoma de México, UNAM. Nos acabábamos de encontrar 4 ó 5 compañeros de trabajo en el edificio Chihuahua, precisamente debajo de donde se encontraban los oradores del mitin de esa tarde. Minutos después del encuentro, con las luces de bengala se inició la balacera y nuestra dispersión en distintas direcciones, por más que nuestro intento había sido mantenernos juntos.

 

Evadiendo puntazos de bayoneta con que los soldados nos instaban a gritos a correr por los andadores, en cuestión de minutos ya estaba con cientos de compañeros en Peralvillo, donde abordamos atestados camiones con estudiantes angustiados y llorosos. Fue ya en casa donde pude notar la sangre ajena que impregnaba parte de los pantalones.

 

El día siguiente, 3 de octubre, no pude llegar a tiempo a mi trabajo en la Biblioteca Nacional. Sin derecho a entrar a trabajar, debí llegar para saber de la suerte de mis compañeros. Ahí estaban todos, sanos y salvos. Luego de intercambiar información sobre la forma como libramos los riesgos de esa trampa mortal, acordé reunirme con otros dos estudiantes en el departamento de uno de ellos en Mixcoac, pues debíamos preparar un trabajo de la escuela previamente acordado. Al llegar a dicho departamento nos encontramos con una situación inesperada. A nuestro compañero le había llegado una visita incómoda. Un estudiante que conocía le cayó de improviso a su casa y se vio obligado a recibirlo, pues era sujeto de una presión angustiosa. Según él, andaba a salto de mata, pues lo perseguían policías y soldados. Nuestro compañero de escuela había puesto telas oscuras y gruesas en las ventanas y estábamos a la sola luz de la televisión prendida a todo volumen, mientras se transmitía un juego de beisbol de las grandes ligas en plena Serie Mundial, en el que recuerdo participaban los Yanquis de Nueva York. Nadie ponía atención al juego para escuchar la voz angustiada del estudiante perseguido como perro de caza, según nos iba a narrar.

 

En una de tantas escaramuzas en meses anteriores al fatídico octubre, había caído con otros estudiantes en manos de la policía. Pasaron horas detenidos en algún lugar en espera de que llegara personal policiaco de mayor jerarquía para saber lo que se haría con los estudiantes cautivos. Él esperaba confiado, pues uno de los altos mandos que llegaría era pariente cercano suyo. Cuando al fin llegó y lo reconoció, les dijo a sus subalternos: “a este cabrón denle un tratamiento especial”. Se lo llevaron y lo dejaron en condiciones de tener que pasar quince días en traumatología para sobrevivir. Fueron dos policías que lo torturaron a pedido de tratamiento especial. Mientras lo torturaban, él se preocupó porque no se le olvidaran los rostros de sus dos verdugos. “Si sobrevivo voy a reconocer a estos cabrones donde quiera que los encuentre”. Y sí, una noche encontró a uno de los dos en la calle de Bucareli, cerca del Reloj Chino. Recordó las artes marciales aprendidas en los meses que pisó un colegio militar, para infringir serias heridas a su rival con sus pesados zapatos de corte militar, gusto que le había quedado de esa experiencia escolar; supo que no lo mató, pero lo había dejado severamente malherido. Desde entonces, nos narró, andaba a salto de mata por la ciudad, disfrazado de todo lo que se le ocurría, habiendo librado varias inspecciones de militares y policías vestidos de civil que se subían a camiones de pasajeros en el sur de la ciudad.

 

A todo volumen se hacían oír las incidencias del emocionante partido de la Serie Mundial de beisbol, que nadie atendía en ese oscuro cuarto iluminado por la televisión. Ahí mismo decidí aceptar la invitación del compañero con el que había llegado a ese departamento. Hacía varios años que no regresaba a su natal Parral, Chihuahua, y se le ocurrió que era buen momento para salir de la ciudad y regresar por unas semanas a su amada tierra. Esa noche abandonamos la ciudad con rumbo al norte. Allá no supimos o no quisimos saber de los juegos olímpicos; allá nos reencontramos con la voz de Isaac Lara, la magnífica voz de tenor ranchero que había regresado a su ciudad y administraba una cantina. Tiempo antes nos habíamos dado el lujo de tener su compañía en correrías por centros nocturnos en los que el mariachi en turno hacía las delicias de la noche con la voz de Isaac Lara, infaltable con los estudiantes de Chihuahua que habitaban inmueble de una calle de la Condesa.

 

Recuerdo que regresábamos del norte cuando tenía lugar la fiesta de clausura de los Juegos Olímpicos en la Ciudad de México.

 

(En recuerdo de Isaac Lara, se le puede escuchar en YouTube: Mi amigo el Tordillo, En la banqueta de enfrente, etc.)

 
   
 
   
 
   
 

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